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El científico que quería resucitar a los muertos con un columpio

Cuando pensamos en la posibilidad de resucitar a alguien pensamos en religión e historias bíblicas. La muerte es algo que nos toca muy profundo y que a muchas personas puede causarles miedos, o dudas sobre qué creer o qué no.

frankestein

Con tantas historias, leyendas y hechos alrededor de la muerte es lógico que haya quienes hayan intentado distintos métodos para reanimar el cuerpo sin vida de alguna persona o incluso de animales.

Otro pensamiento que viene a nosotros cuando pensamos en dar vida a un cuerpo inanimado, son las obras de ficción. Tal como la de Dr. Frankenstein que consigue dar vida a un monstruo hecho de partes de cadáveres humanos.

Esta obra de Mary Shelley se convirtió en referente para muchas obras posteriores que trataban de lo mismo. Las que dieron pie a que, en conjunto con el boom de la electricidad y los extraordinarios descubrimientos relacionados con ella, muchos científicos hicieran el intento de reanimar a cuerpos sin vida de humanos o animales. Muchas veces estimulando artificialmente sus movimientos.

Te advertimos que en este artículo vamos a hablar de experimentos de otro tiempo que pueden herir susceptibilidades. Por lo tanto, si eres una persona muy sensible, te recomendamos dejar la lectura hasta este punto.

¿Quién fue el científico que quería resucitar a los muertos?

Entre todo este movimiento de científicos obsesionados con la posibilidad de resucitar un cadáver en el siglo XIX y principios del siglo XX, surgió la figura de Robert E. Cornish (1903- 1963). Un biólogo y escritor estadounidense conocido por sus experimentos de reanimación, utilizando un columpio parecido a los de los parques infantiles.

Robert_E._Cornish científico resucitar

Este joven científico fue un prodigio y el causante de fascinación y repulsión a partes iguales en la sociedad norteamericana de los años 30. Se licenció con honores en la Universidad de California a los 18 años.

Para ganar prestigio trabajó en diferentes proyectos científicos y experimentos en busca de patentes. Pero estos no llegaban a ningún logro importante. Con su perseverancia se convirtió en un científico respetado por la sociedad.

Con tan solo 22 años Cornish ya tenía un doctorado y antes de llegar a los 30 se interesó por los trabajos de electricidad en cadáveres de Giovanni Aldini (1762-1834). Quien consiguió mover la mandíbula o la lengua de la cabeza de un ternero muerto, o sacudir el cadáver de un ahorcado acusado de asesinato.

Así, en 1931 el joven empezó a interesarse por algo bastante perturbador y macabro: resucitar a los muertos probando diferentes técnicas y experimentando primero con animales. Una de sus herramientas más conocidas fue un columpio.

Resucitar con un columpio

Para intentar resucitar a los muertos Robert E. Cornish ideó un sistema bastante llamativo. Fijar un cuerpo sin vida a una especie de plano inclinable en varias posiciones. Es decir, un columpio, y afirmaba que, moviéndolo de arriba abajo, era posible hacer que la sangre circulase de nuevo y, con ello, se reactivaran las funciones cerebrales y cardiacas. La única condición era que el individuo hubiera fallecido recientemente y no tuviera lesiones físicas.

Para probar su teoría, Cornish decidió realizar experimentos bastante crueles para nuestro tiempo. Para ello utilizó perros pequeños a los que llamó Lazarus, en clara referencia al personaje bíblico resucitado por Jesucristo, llamado Lázaro.

Con esto en mente, el joven científico llevó a cabo una demostración pública el 22 de mayo de 1934. En esta asfixió a los cinco canes con gas nitrógeno y los mantuvo muertos durante unos minutos. Después les aplicó su técnica de resucitación.

experimentos de Robert Cornish resucitar

Según lo que quedó documentado en la prensa de aquel día, los tres primeros intentos fueron fallidos y los perros permanecieron muertos. Por otro lado, los dos últimos canes sobrevivieron durante meses, pero tuvieron importantes daños cerebrales, como alteraciones nerviosas severas, motricidad desequilibrada y hasta ceguera.

Pruebas con humanos

Después de esta muestra, la universidad canceló el proyecto porque no toleraron el trato cruel a los animales. Pero Cornish continuó sus experimentos en casa, esta vez con cerdos por sus similitudes con el ser humano.

En 1947, Robert estaba listo para experimentar en humanos. Thomas McMonigle, un condenado a muerte en California Estados Unidos, se ofreció como sujeto de prueba. Pero el estado rechazó la petición ya que, si el experimento funcionaba, habrían tenido que dejar en libertad al recluso puesto que la ley no permite mantener bajo arresto a personas discapacitadas, sin voluntad o fuera de sus facultades.

Sin embargo, hay quienes dicen que Cornish sí llegó a experimentar con personas. Algunas ahogadas o a las que les había dado infartos las primeras veces. Y aunque no tuvo éxito, él aseguraba que les volvía el color a los rostros pálidos y que incluso había detectado alguna señal de pulso.

El científico llegó a mejorar el sistema y a los perros que sacrificaba, les inyectaba coagulantes y estimulantes justo antes de “columpiarles”. En 1947 anunció que había mejorado su técnica gracias a una máquina construida con piezas de aspiradora y tubos de fontanero, pero no consiguió probarla nunca.

La fama de Robert E. Cornish

Después de la demostración pública del científico, el joven se hizo tan popular que en 1935 llegó a protagonizar la película de serie B llamada “La realidad increíble”, en la que Cornish hacía de sí mismo.

Los directores, Eugene Frenke y James P. Hogan fueron influyentes para que el cine se volviera viable económicamente desde los grandes estudios, en este caso Universal. La película trataba un tema que, sin ser tabú, desconcertó al público por ser demasiado oscura, divertida sin proponérselo y decepcionante.

Luego de sus crueles experimentos, Cornish fue juzgado por la opinión pública como un científico excéntrico y cruel. Con el tiempo desapareció de la vida pública.

Eso sí, aunque parezca extraño y horrible, algunas técnicas de reanimación o animación suspendida actuales tienen sus orígenes en este científico extravagante.

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